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El 18 de julio de 1936, una parte relevante del Ejército, apoyada por la gran burguesía, los terratenientes, la jerarquía eclesiástica, los sectores más reaccionarios del aparato de Estado y las potencias fascistas europeas, se alzó contra el pueblo trabajador. Aquel golpe de Estado fue la respuesta violenta de las clases dominantes para garantizar su ofensiva en todos los terrenos, fue su contestación ante el avance de la organización obrera, campesina y popular.

Noventa años después, el Buró Político del Partido Comunista de los Trabajadores de España rinde homenaje a quienes combatieron el fascismo en todos los frentes. Desde las trincheras y desde las fábricas, en los pueblos, en las cárceles, en el exilio y en cada espacio donde la clase obrera y el pueblo trabajador se negaron a aceptar la victoria de la reacción. Recordamos a todos aquellos que lucharon por nuestro futuro, muy especialmente a quienes, integrando las Brigadas Internacionales, vinieron a nuestro país a dar lo mejor de sí mismos para cerrar el paso al fascismo.

La memoria de 1936 es hoy un campo de batalla. Durante décadas, el régimen político surgido de la Transición ha construido su legitimidad sobre una determinada interpretación de la guerra civil que se produjo tras el golpe fascista: la guerra como «tragedia entre hermanos», la dictadura franquista como un pasado superado sin conflicto y la Transición como ejemplo de reconciliación. Esta interpretación convierte una guerra nacida de la lucha de clases en una lección moral sobre la moderación y la violencia fascista en un exceso puntual. Pero, sobre todo, convierte la derrota de nuestra clase y de nuestro pueblo en el fundamento ideológico del consenso actual.

Frente a esa falsificación, afirmamos con rotundidad que no hubo dos Españas igualmente responsables. Hubo una clase dominante que recurrió al fascismo cuando los mecanismos ordinarios de dominación política ya no le bastaban para contener el crecimiento del movimiento obrero. La sublevación militar fue la forma concreta que adoptó la defensa de la propiedad, de las relaciones de producción y de la estructura tradicional de poder frente a una clase obrera organizada que comenzaba a cuestionar, en la práctica, los límites de la República burguesa.

El fascismo español fue una respuesta política de la burguesía en un momento de crisis profunda de su dominación. Cuando el parlamentarismo deja de garantizar suficientemente la reproducción del orden social, los sectores fundamentales del capital pueden recurrir a formas más abiertas de dictadura de clase. El golpe de 1936 fue, en ese sentido, una operación contrarrevolucionaria destinada a destruir las organizaciones obreras, restaurar la disciplina social, aplastar la lucha campesina y garantizar la continuidad de la acumulación capitalista.

Por eso el antifascismo no puede ser reducido a sentimentalismo o a ceremonias institucionales. No basta con condenar a Franco si, al mismo tiempo, se preservan las estructuras económicas, políticas, judiciales, militares, policiales y culturales que permitieron la continuidad de buena parte del poder tras 1978. No basta con hablar de democracia mientras se oculta que la monarquía fue restaurada por la dictadura y convertida después en pieza central del nuevo régimen. No basta con exaltar la reconciliación mientras las cunetas siguen llenas y las fortunas generadas durante el franquismo permanecen intactas.

Los acontecimientos de 1936 enseñan que toda lucha consecuente contra la reacción debe plantear y vincularse teórica y prácticamente a la cuestión del poder. La experiencia de la Guerra Nacional Revolucionaria mostró la capacidad heroica de la clase obrera para combatir, organizar, producir, alfabetizar, crear cultura, levantar un Ejército Popular y sostener la resistencia en condiciones extremas. Pero también mostró los límites de una estrategia que, en nombre de la unidad antifascista, terminó por subordinar la independencia política de nuestra clase a alianzas interclasistas y a formas políticas que no resolvían la cuestión de qué clase debía dirigir la sociedad.

Esta es una de las lecciones decisivas que debemos extraer para el presente. El antifascismo no puede convertirse en una política de acompañamiento a sectores burgueses supuestamente progresistas. No puede ser la coartada para encadenar a la clase obrera a gobiernos que gestionan el capitalismo, aumentan el gasto militar, reprimen la protesta social, sostienen la pertenencia de España a alianzas imperialistas y descargan sobre los trabajadores y trabajadoras los costes de la crisis. La lucha contra el fascismo solo conserva su contenido revolucionario si está estratégicamente subordinada a la organización independiente de la clase obrera y a la lucha por el socialismo-comunismo. Combatir a la reacción no significa confiar en que una fracción de la burguesía defienda hasta el final los intereses de la clase obrera. Significa intervenir sobre la realidad concreta, unir a las masas trabajadoras en la lucha, pero hacerlo siempre desde una política propia, desde una organización propia y desde un horizonte propio de poder.

Hoy, la reacción avanza en nuevas condiciones. No se presenta siempre con camisa azul ni con el mismo lenguaje de 1936. Se alimenta del empobrecimiento, de la precariedad, del miedo al futuro, de la crisis de vivienda, de la degradación de los servicios públicos, del racismo, del machismo, del militarismo, del nacionalismo y de la desesperanza social. Avanza porque el capitalismo en crisis produce inseguridad y ofrece chivos expiatorios. Avanza porque la socialdemocracia ha desarmado durante décadas a la clase obrera, sustituyendo organización por gestión institucional, lucha por representación parlamentaria y socialismo por administración amable de la explotación.

También avanza porque la guerra vuelve a situarse en el centro de la política mundial. La guerra no es una anomalía del capitalismo, sino una de sus formas normales de existencia en su fase imperialista. La pugna por mercados, recursos, rutas, zonas de influencia y posiciones militares empuja a los Estados capitalistas hacia el rearme, la militarización y la ofensiva contra las condiciones de vida de la clase obrera.

La España de hoy no es un país ajeno a esa dinámica. Forma parte de la OTAN, participa en la Unión Europea imperialista, aloja bases militares estratégicas, sostiene compromisos de rearme, integra sus fuerzas armadas en estructuras de mando internacionales, participa en misiones exteriores y contribuye a la política de guerra del bloque euroatlántico. Por eso la consigna «el enemigo principal está en casa» debe volver a primer plano, porque significa combatir a nuestra propia burguesía, a sus gobiernos, a sus monopolios, a su industria militar, a sus alianzas y a su Estado.

La lucha contra la guerra imperialista y la lucha contra la reacción son una misma lucha. No se combate el fascismo de ayer apoyando el militarismo de hoy. No se honra a quienes resistieron el golpe de 1936 aceptando el aumento del gasto militar, la subordinación a la OTAN, la economía de guerra o la criminalización de la protesta social. No se defiende la memoria antifascista cerrando los ojos ante la represión, el racismo institucional, la persecución de la solidaridad internacionalista o el blanqueamiento del franquismo en medios, tribunales, cuarteles y parlamentos.

El aniversario del golpe fascista debe servir también para recordar que la clase obrera solo puede vencer organizada. La experiencia del movimiento obrero español demuestra que, cuando los comunistas han ejercido una influencia real y organizada en el movimiento sindical, la clase ha avanzado en conciencia, unidad y capacidad de lucha; y que, cuando esa influencia se ha debilitado, el sindicalismo ha tendido a la fragmentación, el economicismo o la subordinación a los intereses de la burguesía.

Por eso, noventa años después, el homenaje a los combatientes antifascistas no puede consistir en mirar al pasado con melancolía, sino que debe traducirse en trabajo presente: en células en los centros de trabajo, en organización en los barrios obreros, en intervención entre la juventud trabajadora, en lucha por las mujeres de nuestra clase, en combate ideológico contra el anticomunismo, en reconstrucción cultural de una concepción proletaria del mundo y en oposición frontal a la guerra imperialista.

El Buró Político del PCTE llama a convertir el 90 aniversario del golpe fascista en una campaña de memoria de clase y lucha actual. No para disputar únicamente el pasado, sino para disputar las categorías con las que se comprende el presente. No para pedir reconocimiento al Estado, sino para organizar a quienes este Estado explota, reprime y envía a pagar las crisis y las guerras del capital.

Nuestra memoria no cabe en los actos oficiales. Nuestra memoria está en las huelgas, en las asambleas, en los piquetes, en los barrios obreros, en la juventud que se organiza, en las mujeres trabajadoras que luchan, en quienes se oponen a la OTAN, en quienes defienden la solidaridad con los pueblos agredidos, en quienes levantan cada día la bandera roja de la clase obrera.

Honor a quienes combatieron el fascismo.

Honor a quienes cayeron por la causa de la clase obrera.

 

Buró Político del PCTE.

Julio de 2026.