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Los incendios forestales son una amenaza cada vez más frecuente y destructiva. No aparecen de forma inevitable ni responden únicamente a episodios climáticos extremos: son también el resultado de décadas de abandono del medio rural, acumulación de combustible forestal y ausencia de una política preventiva suficiente.

Arde Aragón. Ellos lo sabían y no hicieron nada.

El último gran incendio, el de las peñas de Riglos, avanza sin control tras haber quemado ya más de 15.000 hectáreas. Este se suma al reciente incendio de las Cinco Villas, que arrasó otras 15.000 hectáreas. Junto con otros incendios de menor extensión, todos ellos hacen del verano de 2026 el peor de la historia de Aragón en lo que a incendios forestales se refiere.

Más allá del drama humano y natural, de la pérdida de biodiversidad y paisajes y del ingente esfuerzo de los equipos de extinción y los vecinos, conviene señalar que los incendios forestales no son un fenómeno aislado, sino la consecuencia de un determinado modelo territorial, económico y ambiental.

Del abandono rural a los megaincendios.

Desde 2005, el estudio de los incendios forestales y los espacios rurales ha permitido a distintos profesionales clasificarlos por generaciones y anticipar cómo evolucionarían. La primera generación de incendios forestales comenzó en los años sesenta, como consecuencia del abandono de los campos y de la migración a las ciudades en busca de un futuro mejor. Desde entonces, fueron abandonándose las tierras de cultivo y reduciéndose la ganadería extensiva y el aprovechamiento maderero de los bosques. Al mismo tiempo, aumentaron la masa forestal y, por tanto, el combustible disponible, mientras el cambio climático provocaba temperaturas cada vez más extremas. Esto dio lugar a generaciones de incendios progresivamente más difíciles de afrontar, hasta llegar a la quinta generación, alrededor de 2010, caracterizada por el estallido simultáneo de varios grandes incendios y el consiguiente colapso de los servicios de extinción.

Actualmente nos encontramos ante la sexta generación, término acuñado a partir de 2017 tras los episodios climáticos extremos ocurridos entonces. En esta generación, además de confluir todos los factores anteriores, los megaincendios son capaces de crear su propio clima. Debido a su virulencia y a la cantidad de combustible que consumen, liberan tanta energía que llegan a modificar las condiciones atmosféricas de la zona. Así se forman nubes de tormenta cargadas de humo, llamadas pirocúmulos, que pueden provocar vientos huracanados y tormentas eléctricas capaces de propagar el fuego de manera impredecible, lo que supone un enorme riesgo para todos los intervinientes.

Pero, del mismo modo que los expertos han estudiado el desarrollo de los incendios y sus características, también han planteado cómo abordarlos y qué medidas preventivas deberían adoptarse. Estas medidas incluyen, entre otras, la gestión del paisaje —mediante el pastoreo extensivo, la silvicultura, la alternancia de bosques, cultivos y pastos y el fomento de especies autóctonas— y una planificación adaptada al cambio climático. Esto exige aumentar la inversión no solo durante el verano para extinguir incendios, sino durante todo el año y, especialmente, en invierno para prevenirlos.

La prevención choca con el negocio.

Entonces, si realmente existe una forma de prevenir estos incendios, ¿por qué no se hace nada? Principalmente, porque estas medidas entran en colisión directa con el modelo de desarrollo económico que se está imponiendo en el medio rural aragonés y, en general, en toda España.

Frente a la teoría preventiva del mosaico paisajístico, que propone alternar bosques, campos de cultivo y pastos, proliferan masivamente los macroparques eólicos, que industrializan y homogeneizan el paisaje. Frente al pastoreo extensivo como forma de simbiosis con el bosque y el entorno natural, Aragón se sitúa a la cabeza de la ganadería intensiva, con macrogranjas porcinas que resultan mucho más rentables para el capital. Frente a la gestión preventiva de los montes, que requeriría inversiones sostenidas durante todo el año y permitiría fijar población en las zonas rurales mediante empleos vinculados al monte, el motor económico rural se confía a la instalación de macrocentros de datos que absorben ingentes recursos hídricos y eléctricos y elevan, además, la temperatura de las zonas colindantes.

Bomberos forestales: precariedad en primera línea.

El desarrollo capitalista no solo entra en contradicción directa con las tareas de prevención y cuidado de los montes, debido a la búsqueda del máximo beneficio y a la anarquía de la producción. En esa búsqueda voraz, también denigra y explota hasta límites extenuantes a los bomberos forestales, que verano tras verano se encuentran en primera línea ante incendios que superan cada vez con mayor frecuencia la capacidad de extinción.

Estos trabajadores, cuya labor social es incalculable, apenas cuentan con equipos de protección individual adecuados y sufren una falta de plantilla y medios a todos los niveles. Afrontan jornadas laborales que superan las veinte horas sin que se respeten los descansos mínimos, y todo ello por un salario base que apenas supera el salario mínimo interprofesional.

Hubo quienes defendieron que la Ley Básica de Bomberos Forestales, aprobada en 2024, solucionaría sus problemas. Sin embargo, ni siquiera se está cumpliendo: no tienen reconocidas adecuadamente su categoría profesional ni las enfermedades profesionales asociadas a su trabajo, así como penosidad y toxicidades y no toda la plantilla está contratada durante todo el año.

Ante esta situación extrema, los bomberos forestales de Aragón se están movilizando y han convocado una huelga a partir del 18 de agosto. Será una huelga especialmente dura, pues tendrán que afrontar las movilizaciones y las medidas de presión al mismo tiempo que soportan una carga de trabajo colosal. Pero es también una lucha imprescindible para dignificar a un colectivo que, año tras año, demuestra su altísima profesionalidad.

La DGA y SARGA pretenden dilatar la negociación y esperar a que termine el verano y el foco mediático deje de apuntar hacia los incendios forestales. Por eso, desde el PCTE hacemos un llamamiento al conjunto de la clase obrera para apoyar la lucha de los bomberos forestales, que es la lucha de todo un pueblo, y para construir una organización capaz de situar el interés general como prioridad absoluta; una organización que defienda que el paisaje y el territorio sean patrimonio del pueblo aragonés y no un negocio al servicio de empresas energéticas, cárnicas y tecnológicas.

Porque ellos quieren la tierra, no al pueblo.