El 25 de noviembre, Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, el Partido Comunista de los Trabajadores de España vuelve a señalar sin ambigüedades que la violencia que sufren las mujeres trabajadoras no es una cuestión individual, ni un problema cultural o educativo aislado, sino una expresión directa y necesaria del sistema capitalista. Un sistema que necesita sostenerse sobre la desigualdad, sobre la división entre hombres y mujeres de la clase obrera, sobre la sobreexplotación del trabajo femenino y la apropiación del trabajo doméstico y de cuidados.
El capitalismo condena a las mujeres de la clase trabajadora a soportar una doble carga: la explotación asalariada en el trabajo y las tareas de cuidados y reproductivas. En nombre de la “conciliación”, se normaliza la precariedad y se feminiza la pobreza; en nombre de la “libertad de elección”, se legitiman relaciones laborales y sociales que siguen sosteniendo la subordinación económica de las mujeres.
Las instituciones burguesas se presentan como defensoras de la igualdad, pero mientras se llenan de discursos vacíos y campañas moradas, mantienen intactas las condiciones materiales que generan la violencia:
El paro y la precariedad, que atan a miles de mujeres a relaciones de dependencia económica y emocional.
Los recortes en los servicios públicos, que devuelven el trabajo de cuidados al ámbito doméstico y lo cargan sobre los hombros de las mujeres.
La mercantilización del cuerpo femenino, con la prostitución y los vientres de alquiler como los ejemplos más graves.
La explotación impune de trabajadoras migrantes en sectores feminizados como el empleo del hogar, la hostelería o el campo.
Esa es la violencia estructural del capitalismo, una violencia que no termina con leyes ni con días internacionales, porque es inherente a la sociedad de clases. En última instancia, la violencia machista, el acoso, los asesinatos, son la expresión más brutal de una violencia más profunda: la del capital contra la vida y la dignidad de la clase obrera.
Esa violencia no se ejerce en abstracto. Se da en los espacios más cercanos: en el seno familiar, en las relaciones de pareja, en los hogares obreros donde las condiciones materiales y la dominación ideológica del sistema convierten el amor en dependencia, el cuidado en carga y la frustración en violencia. No es un enemigo lejano ni un monstruo ajeno: puede ser un amigo, un compañero de trabajo, quien en su casa reproduce la lógica de posesión y poder que el capitalismo imprime en todas las relaciones humanas.
En esos espacios —los más privados, los más difíciles de ver y de denunciar— la violencia se expresa en su forma más cruda: control, humillación, golpes, asesinatos. Y cuando las mujeres trabajadoras buscan una salida, se encuentran con el abandono de las instituciones que dicen protegerlas. Los servicios públicos desmantelados, la falta de vivienda, de empleo, de recursos económicos o de redes comunitarias las devuelven a la dependencia y al miedo. El sistema que genera la violencia es el mismo que impide romper con ella.
Por eso, nuestra tarea no puede limitarse a la denuncia: hay que organizar la fuerza colectiva también en esos espacios, dotar a las mujeres trabajadoras de instrumentos reales para defenderse y reconstruir su vida. La organización de clase debe llegar a los hogares, a los barrios, a los centros de trabajo, para que ninguna mujer obrera esté sola frente a la violencia. Solo una organización consciente, arraigada en la vida material del pueblo trabajador, puede enfrentar esta realidad y transformarla desde la raíz.
El PCTE afirma que no puede haber liberación de las mujeres sin derrocar el sistema que las oprime. La lucha contra la violencia machista no se separa de la lucha contra la explotación de clase; ambas son partes de una misma batalla por la emancipación humana.
Nuestra respuesta no pasa por confiar en las instituciones del sistema, que convierte la igualdad en un negocio y la lucha de las mujeres en un producto. Nuestra respuesta está en la organización consciente y combativa de las mujeres trabajadoras, unidas a sus compañeros de clase en torno a su Partido, en cada centro de trabajo, en cada barrio, en cada centro de estudios.
La liberación solo puede construirse sobre bases materiales nuevas:
El pleno empleo y la igualdad salarial bajo control obrero.
El reparto socializado del trabajo de cuidados, mediante servicios públicos universales y gratuitos.
La participación política y sindical real de las mujeres trabajadoras.
El fin de toda forma de mercantilización del cuerpo femenino.
Y, sobre todo, la superación revolucionaria del capitalismo mediante la construcción del socialismo.
Solo en una sociedad socialista podrán desaparecer las raíces materiales de la violencia hacia las mujeres: la propiedad privada, la explotación y la división sexual del trabajo. El PCTE se reconoce como la herramienta política de la clase obrera, el instrumento de su unidad y de su conciencia. Un Partido que lucha en todas las condiciones, siempre al servicio de los intereses históricos de los trabajadores y trabajadoras.
Hoy reafirmamos que nuestra tarea es fortalecer la organización de las mujeres trabajadoras dentro del Partido y en el movimiento obrero, dotarlas de instrumentos de lucha y de espacios donde ejercer su protagonismo político. La violencia contra las mujeres no se erradica con pactos institucionales, sino con la organización, la conciencia y la lucha revolucionaria.
Por eso, en este 25 de noviembre, el PCTE declara:
Su sistema nos condena; nuestra lucha nos libera.
Un Partido para luchar en todas las condiciones.
Porque solo la lucha organizada puede arrancar de raíz la violencia hacia las mujeres y de clase.
Porque solo el socialismo podrá garantizar una vida libre de explotación y de miedo.
Y porque solo un Partido comunista fuerte, disciplinado y combativo puede conducir esa lucha hasta la victoria.