El PCTE reafirma el carácter de clase del 8 de marzo, nacido en el seno del movimiento obrero y ligado inseparablemente a la lucha de la clase obrera contra la explotación capitalista y todas las formas de opresión que este sistema necesita para sostenerse. En el actual contexto, marcado por la carestía vital, el avance de las posiciones reaccionarias y la agudización de las tensiones entre las potencias capitalistas, esta jornada adquiere una importancia aún mayor. Las mujeres trabajadoras seguimos situadas en la primera línea de las consecuencias sociales y económicas de este sistema, pero también somos una fuerza imprescindible para su transformación.
El deterioro constante de las condiciones materiales de vida de la clase obrera tiene hoy una expresión especialmente dura en la carestía generalizada. El aumento del precio de la vivienda, de la energía, de los alimentos y de los servicios básicos se produce mientras los salarios se estancan o retroceden y mientras la precariedad laboral se consolida como norma. Esta realidad impacta de forma especialmente intensa sobre las mujeres trabajadoras, que seguimos concentradas en los sectores con peores condiciones laborales, mayor temporalidad, mayor parcialidad involuntaria y salarios más bajos. A esta situación se suma el peso del trabajo doméstico y de cuidados, imprescindible para el sostenimiento de la vida y del propio sistema productivo. Esta doble carga obliga a miles de mujeres trabajadoras a renunciar a empleo estable, a aceptar condiciones laborales peores o a abandonar el empleo remunerado, profundizando la dependencia económica y la desigualdad social.
En paralelo a este empeoramiento, asistimos a un fortalecimiento de las posiciones reaccionarias que buscan recortar derechos conquistados por la clase trabajadora durante décadas de lucha. El discurso negacionista de la violencia que sufren las mujeres forma parte de una ofensiva ideológica más amplia dirigida a reforzar las estructuras de opresión de las mujeres trabajadoras, una ofensiva que busca además disciplinar y desmovilizar a la clase obrera, debilitar su capacidad de organización y cuestionar la legitimidad de sus reivindicaciones. La banalización de esta violencia se acompaña de ataques a los servicios públicos, a los sistemas de protección y a los mecanismos de defensa frente a la desigualdad. Se intenta instalar la idea de que los problemas que afectan a las mujeres trabajadoras son cuestiones individuales y no consecuencias estructurales de un sistema basado en la explotación y en relaciones sociales profundamente desiguales. Al mismo tiempo, se promueven discursos que buscan dividir a la clase obrera, enfrentando a trabajadores y trabajadoras para ocultar que el verdadero conflicto se sitúa entre quienes viven de su trabajo y quienes viven de la explotación del trabajo ajeno.
El actual escenario internacional agrava todavía más esta situación. El aumento del gasto militar, la escalada de conflictos y la consolidación de dinámicas belicistas se traducen en recortes sociales, deterioro de los servicios públicos y transferencia masiva de recursos públicos hacia la industria militar. Las consecuencias de estas políticas recaen especialmente sobre la clase obrera y, dentro de ella, sobre las mujeres. Los conflictos armados generan desplazamientos forzados de población, multiplican las situaciones de pobreza extrema y aumentan la exposición de millones de mujeres a redes de trata, explotación laboral y violencia sexual. Las mujeres migrantes, especialmente aquellas que se ven obligadas a abandonar sus países por guerras, crisis económicas o desestabilización política, se enfrentan a condiciones de extrema vulnerabilidad en los países de destino. Al mismo tiempo, la militarización de la economía y de la sociedad refuerza discursos ultraconservadores que atacan derechos fundamentales, incluidos los derechos sexuales y reproductivos, presentándolos como secundarios frente a supuestas necesidades de seguridad o estabilidad. La historia demuestra que el imperialismo solo genera más explotación, más pobreza y más violencia, y que es incompatible con la vida digna de los pueblos y con la liberación de las mujeres trabajadoras.
Todos los derechos de nuestra clase han sido conquistados mediante la organización, la lucha colectiva y la confrontación con los intereses del capital. La emancipación de la mujer trabajadora no puede separarse de la lucha contra el sistema que genera explotación, desigualdad y violencia. Tampoco puede alcanzarse mediante soluciones individuales ni mediante la integración subordinada en las estructuras del sistema. Solo la organización en estructuras de clase, en sindicatos combativos, en organizaciones obreras y con las herramientas políticas que defiendan sin ambigüedades los intereses de la clase trabajadora, podremos construir una fuerza capaz de transformar la realidad. La participación de las mujeres trabajadoras en todos los espacios de organización es una necesidad política para el avance del conjunto de la clase obrera.
No existen soluciones individuales frente a problemas estructurales. No existe igualdad real dentro de un sistema que necesita la desigualdad para sostener sus tasas de beneficio. Solo la organización colectiva, la solidaridad de clase y la lucha sostenida pueden abrir el camino hacia una sociedad en la que la vida esté en el centro y en la que desaparezcan la explotación y la opresión.
Este 8 de marzo llamamos a las mujeres trabajadoras a reforzar su organización, a participar activamente en las luchas obreras y populares, a fortalecer las herramientas colectivas de defensa de nuestros derechos y a construir, junto al conjunto de la clase obrera, una alternativa basada en la justicia social, la igualdad real y la dignidad. La historia del movimiento obrero demuestra que cuando las mujeres trabajadoras avanzan en organización y conciencia, avanza toda la clase obrera. Frente a la precariedad, la reacción y la guerra, la respuesta es organización, lucha y unidad de clase.
Buró Político del PCTE