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Septiembre llega y, como todos los años, otro curso arranca y las cuentas siguen sin salir. El alquiler se come cada vez más nómina, la compra de la semana cuesta más horas de curro que el año pasado, y quien enciende la calefacción sabe que ese gesto tan pequeño también tiene un precio que sube sin parar. La escalada bélica se extiende desde Ucrania a Palestina pasando por Oriente Medio, el gasto militar no deja de crecer y los conflictos no cesan. Hasta la guerra encuentra su forma de meterse en la factura de la luz y en nuestro pan de cada día.

Pero nada de esto es casualidad ni mala suerte pasajera. Los beneficios de la energía, la alimentación y la vivienda no dejan de crecer justo cuando nuestros salarios se quedan atrás; la sanidad, la educación y el transporte público se deterioran, no porque falte dinero, sino porque ese dinero se dirige a otra parte. Es la misma lógica la que empobrece a quien trabaja en un instituto, a quien hace turnos en una empresa, a quien reparte pedidos o cuida a una persona mayor: todos sostenemos, con nuestro tiempo y nuestro esfuerzo, los beneficios de quienes deciden por nosotros.

Frente a esto, ni la gestión socialdemócrata ni la reacción tienen nada real que ofrecer. Quienes gobiernan en nombre del cambio llevan años administrando en favor de las grandes fortunas, con medidas que llegan tarde, a medias, o solo como anuncio. Y cuando el malestar crece, la reacción aparece con sus culpables de siempre, como en Ceuta: la persona migrante, la persona vulnerable, o cualquiera menos quien de verdad se beneficia. Todo para que sigamos peleándonos entre nosotros en lugar de mirar hacia arriba.

Pero todo esto no debe llevarnos a la resignación. Lo hemos comprobado una y otra vez: cuando compañeras y compañeros de distintos sectores, distintos barrios y distintas edades dejan de ver rivales donde hay iguales, las cosas empiezan a moverse. La clase obrera lleva más de un siglo sabiendo cómo se disputa un salario, cómo se ganan derechos y cómo se frena un abuso, cuando se hace desde la unidad y no desde el aguante individual. No hemos perdido esa capacidad. La hemos dejado dormida demasiado tiempo. Cada huelga, cada asamblea, cada conversación que arranca de una nómina o de un recibo es una pieza más de algo que no empieza de cero, porque ya llevamos un trecho recorrido, y porque cuanto más se organiza cada centro de trabajo y cada barrio, más cerca está el día en que esa fuerza se note toda junta.

Frente a la carestía que se paga con nuestro tiempo de vida y frente a una reacción que quiere dividirnos, el PCTE sigue proponiendo lo único que de verdad cambia las cosas: recuperar, en cada centro de trabajo y en cada barrio, las herramientas que la clase obrera siempre ha tenido para hacer frente a su mundo, organizándonos con nuestros propios intereses por delante, hombro con hombro y clase contra clase.