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Trabajadoras invisibilizadas, servicios indispensables

La huelga indefinida de las trabajadoras de la limpieza de edificios y locales de Zaragoza no es solo un conflicto por un convenio. Es una expresión concreta de una contradicción mucho más profunda: quienes sostienen materialmente el funcionamiento cotidiano de la sociedad son condenadas a la precariedad, la invisibilidad y la división.

Durante las últimas semanas, Zaragoza ha vivido distintas movilizaciones vinculadas al deterioro de los servicios públicos. La lucha de la enseñanza pública contra la concertación del Bachillerato y la enseñanza de 0-3 años ha mostrado cómo las administraciones destinan recursos públicos a reforzar el negocio privado mientras se degradan las condiciones de la red pública. Las protestas por la falta de equipamientos en barrios obreros y populares señalan la misma realidad desde otro ángulo: los servicios necesarios para la vida cotidiana se subordinan a las prioridades del mercado, la rentabilidad y la gestión capitalista de la ciudad.

La huelga de limpieza forma parte de ese mismo proceso, pero permite ver una dimensión que muchas veces queda oculta. Las trabajadoras de la limpieza están presentes en colegios, institutos, hospitales, centros de salud, instalaciones municipales, estaciones, aeropuertos, oficinas, centros deportivos, universidades, fábricas y comercios. Sin su trabajo, esos espacios no funcionan. Sin embargo, rara vez son reconocidas como parte real de esos centros de trabajo. En un colegio se piensa en el profesorado, en el personal administrativo o en conserjería. En un hospital se piensa en el personal sanitario. En una instalación municipal se piensa en quienes atienden al público o gestionan el servicio. Pero el personal de limpieza aparece como algo externo, casi invisible, aunque su trabajo sea imprescindible para que el centro pueda abrir cada día.

La externalización como forma de explotación y división

Esta invisibilidad no es casual, es una consecuencia directa de la división y organización del trabajo. Y es que la externalización no es solo una forma administrativa de gestionar servicios. Es una forma concreta de organizar la explotación. Al separar a las trabajadoras de limpieza del resto de la plantilla del centro, se rompe la unidad de plantilla de quienes trabajan en un mismo espacio. Las trabajadoras quedan así fragmentadas en empresas, contratas, turnos, centros y categorías. Una trabajadora puede limpiar un colegio público sin ser considerada trabajadora del colegio; puede sostener un hospital sin pertenecer al hospital; puede garantizar el funcionamiento de una instalación municipal o una fábrica sin formar parte de su plantilla.

Esa división tiene consecuencias materiales y políticas. Dificulta la organización colectiva, debilita la solidaridad cotidiana, hace más difícil reconocerse como parte de una misma clase y coloca a las trabajadoras en una situación de mayor indefensión frente a la empresa.

La huelga rompe el hechizo de la invisibilidad

Por eso la huelga de limpieza revela mucho más que una reivindicación laboral. Cuando las trabajadoras paran, se rompe por un momento la apariencia de normalidad. Lo que parecía secundario se demuestra imprescindible. Lo que parecía externo aparece como parte central del funcionamiento de los servicios públicos y privados. Lo que se quería invisible se vuelve visible precisamente porque deja de realizarse.

Las reivindicaciones de las trabajadoras son justas y necesarias: salarios dignos, reducción de jornada, reconocimiento de trabajos especializados, recuperación de derechos y mejora de las condiciones laborales. Frente a ello, la patronal intenta presentar como excesivo lo que no es más que una defensa elemental de las condiciones de vida de las trabajadoras mientras las empresas del sector buscan maximizar sus beneficios a toda costa. Por esto el problema no termina en la patronal directa del sector. Las administraciones públicas y las empresas que subcontratan los servicios de limpieza son también responsables de un modelo que convierte servicios esenciales en contratos, licitaciones y márgenes de beneficio.

Las administraciones públicas no han actuado como meros observadores de este conflicto. La imposición de servicios mínimos del 100% por parte del Ayuntamiento de Zaragoza y del Gobierno de Aragón en algunos centros supone una restricción del derecho de huelga que, en la práctica, reduce drásticamente su capacidad de presión y vacía de contenido una herramienta fundamental de lucha de la clase obrera. Esta decisión no puede entenderse de forma aislada. Se inscribe en la misma lógica que durante años ha impulsado la externalización de los servicios de limpieza, comidas y otras actividades esenciales: garantizar la continuidad de la prestación del servicio bajo criterios de rentabilidad y contención de costes a costa de las condiciones laborales de quienes la sostienen. Lejos de representar un ente neutral situado por encima de los intereses en conflicto, las administraciones municipales y autonómicas muestran nuevamente cómo el aparato del estado interviene en defensa de la patronal y dificulta la capacidad de organización y lucha de la clase trabajadora.

No basta con defender “unos buenos servicios públicos” en abstracto si se acepta que una parte fundamental de esos servicios esté sostenida por plantillas externalizadas, precarizadas y separadas del resto de trabajadores. La defensa de lo público debe incluir necesariamente la lucha contra la subcontratación, contra la división de plantillas y contra la conversión de servicios necesarios en negocio privado.

La huelga de limpieza debe interpelar al conjunto de la clase obrera zaragozana. A docentes, sanitarios, personal administrativo, conserjes, trabajadores municipales e industriales, estudiantes, familias y usuarios de servicios públicos. Allí donde hay una trabajadora de limpieza aislada por una subcontrata, hay una división que beneficia a la patronal y debilita al conjunto de trabajadores del centro. Allí donde se acepta que unas trabajadoras sean tratadas como externas, se abre la puerta a nuevas formas de precarización para todos.

De la solidaridad a la organización de clase

La solidaridad con la huelga no puede reducirse a una simpatía pasiva. Debe traducirse en apoyo activo a sus movilizaciones, rechazo a la criminalización de la huelga, denuncia de los servicios mínimos abusivos y exigencia de responsabilidades a las empresas y administraciones que sostienen este modelo. Pero, sobre todo, debe servir para avanzar en una idea fundamental: los trabajadores de un mismo centro, aunque dependan formalmente de empresas distintas, comparten intereses de clase frente a quienes organizan y se benefician de su división.

Para las y los comunistas, este conflicto confirma una tarea fundamental: contribuir a que cada lucha obrera deje organización, conciencia y vínculos más fuertes entre sectores. Su lucha es parte de una batalla más amplia de toda la clase trabajadora contra la precariedad, la privatización y la fragmentación. Cuando paran las trabajadoras de la limpieza, no solo se ensucian los centros. Se demuestra su importancia fundamental en todos los sectores y el funcionamiento de la sociedad

¡Viva la lucha de las trabajadoras de la limpieza!